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Los chicos de todos mis ex

Olivia y Matthew

El próximo 11 de enero sale a la venta mi próxima novela Todos mis ex.
Como muchos ya sabréis, esta trama es un tanto atípica porque está formada por siete protagonistas masculinos que tienen una relación con Olivia en algún momento de su vida.
Desde el pasado mes de octubre vengo publicando en Facebook, cada viernes, una imagen de quién me ha inspirado a cada chico con un trocito de capítulo en el que Olivia cuenta algo sobre él.
Sé que hay muchas personas a las que no les gusta pornele una cara conocida a los personajes y prefieren dejarlo a su imaginación, pero yo aquí quiero compartir las publicaciones de Facebook por si no las habéis visto.
Ahí van.
Colton
Colton

—Háblame de Colton —me pide Matthew, mirándome mientras apura los restos de su batido.

Tuerzo el gesto como si eso fuese a ayudarme a recordar algo más, porque hace la friolera de veinticinco años de aquello. Muevo la boca de un lado a otro con rapidez y termino por sonreír cuando viene su rostro a mi mente. Fue mi primer novio y vivimos la típica relación adolescente.

—Colton era el empollón de la clase. Ese tipo de empollón al que hoy llamarían friki. Siempre pasaba desapercibido, así que no fui consciente de lo atractivo que era hasta que estuve obligada a pasar tiempo con él y me detuve a mirarlo.

»Tenía unos preciosos ojos color miel que me encantaba observar bajo sus gafas de pasta. Casi siempre vestía con camisas de cuadros y vaqueros. No le preocupaba en absoluto su imagen. Éramos la extraña pareja del instituto, todos decían que no pegábamos ni con cola. Ya por aquel entonces, yo pasaba horas mirando revistas de moda durante el almuerzo mientras él hacía cálculos y más cálculos sobre órbitas espaciales y distancias entre planetas».

»Le encantaba analizarlo todo. No se quedaba tranquilo hasta que encontraba una explicación racional y científica —le cuento a Matthew con una sonrisa de añoranza por aquellos años—. A tan corta edad no me di cuenta, pero Colton era un chico increíble».

Carter 2

Carter

—¿Preparada para el siguiente capítulo? —Por su cara de circunstancias imagino que Matthew sabe que el final de esta parte de la historia no es plato de buen gusto para mí.
Conocer a Carter Evans en profundidad supuso una decepción tremenda. Yo le idolatraba. Para mí era el hombre más maravilloso del mundo y resultó ser uno de esos egocéntricos creídos que no merecen la pena, principalmente porque él pensaba que podía hacer con las chicas lo que le viniese en gana, ya que salir con él era poco más que un regalo del cielo.
—Supongo que sí —digo, enroscándome el pelo en la oreja. No me queda más remedio. Fuerzo la sonrisa. He tenido capítulos peores en mi vida. Lo de Carter fue hace muchos años y no me apetece recordarlo porque, comparado con otros, pasó de puntillas.
—¿Qué me cuentas?, así a modo de resumen. —Matthew me mira interesado, clavando sus ojos verdosos en los míos, que se dirigen al suelo intimidados por unos segundos.
—Tenía dieciséis años cuando salí con él. Estaba en tercero. Era un chico de último grado. Un súper logro. Más siendo él —le adelanto entre risas, pensando lo absurda que se puede ser a esa edad cuando te gusta alguien.

Cameron

Cameron

Primer día de curso, y ahí estoy luciendo modelo en la gran pantalla en los jardines de UCLA. Ese 

año pasa sin pena ni gloria en lo sentimental. Algunas citas con Colton que me visitó un par de veces y poco más. Por eso, en mi película casi se pasa por alto con una serie de imágenes acompañadas de la canción Let’s talk about sex de Salt-N- Pepa. Se centran en el día que todo cambió. Supe que era él en cuanto lo vi. Hasta sentí una punzada en la pelvis, señal de atracción sexual, de la que había 
hablado con Susan la noche anterior.
Tiene la espalda apoyada en la pared con un gesto brutal de autosuficiencia mientras habla con una chica. Mi corazón late a mil por hora en mi garganta y no puedo evitar mirarlo de soslayo una vez 
que he rebasado la altura del lugar en el que están. Casi no respiro cuando compruebo que me ha seguido con la vista. Tiene el pelo oscuro bastante despeinado, los ojos azules —de un azul muy claro—, y una boca que
me encantaría probar sin pensarlo. Viste unas bermudas color beige y una camiseta negra, en la que la marca Quicksilver destaca en el pecho con letras rojas bordeadas en blanco. Sujeta un cuaderno de pastas amarillas con aire despreocupado en la mano derecha.
—¡Ahí estáis! —exclama Matthew con una sonrisa al vernos
—Durante el resto de la semana me tropezaba con él en todos sitios —le cuento un tanto emocionada.
—Suele pasar, conoces a alguien y te lo encuentras en todas partes. —Asiento, porque tiene razón.
—Yo, encantada —reconozco un tanto avergonzada—. Aunque que me mirase con tanto descaro, me inquietaba un poco.

Owen copia

Owen

Me trasladé a casa de Owen, y durante los cuatro años que duró lo nuestro, fue mi casa. Día a día me acomodé a su ritmo de vida, a su desenfreno, a trasnochar, a viajar, por lo que poco a poco fui dejando de lado mis estudios. Nuestro primer año y medio juntos fue una auténtica locura. Cuando los medios comentaban que Owen salía más de la cuenta, por recomendación del mánager del equipo, dejamos de frecuentar todas las discotecas de Los Ángeles para seguir disfrutando de la noche en la intimidad de nuestro hogar con nuestros amigos. Estaba completamente integrado en mi familia, venía a pasar con nosotros las vacaciones, y nunca se olvidaba de ir a entrenar con el equipo de mi padre. Allí era un chico diferente, parecía relajase de su carga diaria. Wilmington le sentaba muy bien. Le daba paz.

 
En su día tuve mis dudas, pero volver a verlo jugar con los niños del equipo y divertirse como si fuese uno más, mientras que suena As long as you love me de Back Street Boys, me recuerda lo que me hizo dar el paso de conocerlo y abrirme a él por completo. Con el tiempo y la convivencia, vi que era un niño al que nadie obligó a crecer, ni le explicó que los caprichos son solo caprichos, ni que el dinero no puede conseguirlo todo. Al menos, él se fue dando cuenta de que la fama no sirve para nada, y menos cuando los que te rodean te quieren solo por ella. En muchos momentos, llegué a pensar que era la única que lo amaba como el Owen que era cuando cerraba la puerta de casa, sin más.

Jack.jpg

Jack

Recojo el material que he usado con la última señora antes de marcharme a casa. La chica de recepción llama a la puerta.

—Olivia, hay un paciente del doctor Martins. Viene de urgencia y, como él se ha marchado, quería 
saber si tú podías atenderlo. Es muy guapo —añade en voz baja.
—Dile que pase. —Me río a solas, pensando que es en lo único en lo que se fija. No me molesta 
quedarme un poco más, ya que no tengo nada que hacer esta noche.
—Hola. Gracias por atenderme —saluda una voz varonil a mi espalda. Al girarme, quedo impactada por el hombre que tengo delante y creo que él lo nota.
—De nada. Espero que no le importe que sea yo la que lo haga.
—En absoluto. Tal y como me duele, me pongo en manos de quien sea. —Se aprieta la mandíbula con la palma. Su forma de mirarme hace que me tenga que agarrar con disimulo al filo del mueble donde está el material. La definición de mi compañera se queda corta. Eso es enamorarse a primera vista y lo demás son tonterías.
De primeras le da cierto aire a Cameron, pero más hombre, más maduro. Tiene el pelo algo ondulado, lo que hace que parezca despeinado, unos ojos azules claros que parecen transparentes y una boca muy grande, al sonreír muestra hasta el primer molar —deformación profesional absoluta—. Viste traje oscuro y me cuenta, mientras se deshace de la chaqueta y afloja la corbata, que viene del trabajo.
Le invito a que se tumbe, momento que aprovecho para terminar de colocarme los guantes. Me siento en el taburete, tumbo el sillón del paciente y lo alzo para tenerlo a buena altura para trabajar. Me sobresalto cuando sonríe tan cerca de mi rostro y creo que se está dando cuenta.
—Pues tú dirás —profiero antes de colocarme la mascarilla, intentando calmarme.
—Llevo todo el día con un dolor tremendo aquí. —Señala una muela de abajo. Enciendo la lamparita para verla mejor, tocándola con el índice.
—Esto tiene mala pinta. Voy a intentar salvarla haciendo un empaste, pero creo que terminarás teniendo que hacerte una endodoncia.
—¿Y eso duele? —Lo miro con cara de circunstancias ante la pregunta e intento ser lo más profesional posible cuando lo que me dan es ganas de soltar una carcajada.
—Tranquilo, no duele nada. —Su cara de alivio es inmediata—. ¿Te lo empasto para que puedas 
aguantar hasta la vuelta del doctor?
—Vale, lo que tú digas.
 
Me levanto y preparo la anestesia en el banco de trabajo. Al volverme, le pillo mirándome el trasero, lo que me saca una sonrisa después de mucho tiempo. Vuelvo a sentarme junto a él. Antes de pinchar, le aviso.
—Molesta un poco, pero no duele, ¿vale?
Jack intenta responderme, pero con la boca abierta le resulta complicado, así que opta por alzar el pulgar de su mano derecha. Pincho un par de veces y espero a que la zona empiece a dormirse. Me fijo en sus dientes, blanquísimos y perfectamente alineados. Se nota la mano de un buen ortodoncista.
—¿Cuánto tiempo llevaste ortodoncia? —le pregunto mientras limpio la muela y así lo mantengo entretenido fuera de mi trabajo. Sé que es molesto que alguien te esté trasteando en la boca.
—Un año —contesta cuando aparto las manos—. Eres muy buena, te has dado cuenta rápido.
—Es mi trabajo —respondo satisfecha con la mejor de mis sonrisas.
Antes de lo que él esperaba, he terminado. Apago la lámpara e incorporo el respaldo del sillón y lo bajo para que él pueda poner los pies en el suelo. Se queda unos minutos sentado con la mano sobre la mejilla.
—No puedes comer ni beber nada en un par de horas —le advierto de espaldas, recogiendo el material.
—Entonces…, de invitarte a tomar algo esta noche mejor no hablamos, ¿verdad? —Al girarme ante su frase, lo encuentro con la vista clavada en mí.
—No, mejor que no.
—Bien. —Se pone en pie algo compungido. Sin prisa, recoge sus cosas—. Muchísimas gracias, 
doctora…
—Olivia. Puedes llamarme Olivia.
—Bonito nombre, Olivia. —Sonríe, tendiéndome la mano a modo de despedida—. Jack. Tú también puedes llamarme sólo Jack.

Nicholas

Nicholas

Nerviosa, repiqueteo las uñas pintadas de burdeos sobre la pantalla de mi teléfono móvil. Dos personas más me acompañan en absoluto silencio en la sala de espera. Una de ellas lee un libro del 

que no puedo ver la portada porque la tiene forrada con papel de periódico; la otra, observa con melancolía el horizonte a través del cristal de la ventana. Cierro los párpados, dejándome llevar por las notas de música clásica que flotan en el ambiente y pensando si estar allí es buena idea cuando la recepcionista dice mi nombre.
—¿Señora McCain? —nombra al aire, barriendo con los ojos la habitación.
—Soy yo —respondo, saliendo de mi trance.
—Acompáñeme por aquí, por favor.
Sigo a la mujer por un largo pasillo adornado por esos cuadros que se usan para las pruebas psicológicas en las que te preguntan «¿qué ves aquí?». Para mí todas son mariposas, no sé si será bueno o malo.
Golpea la puerta con los nudillos antes de abrirla, sin que nadie le indique que lo haga, me cede el paso y cierra tras de mí. De pie, echo un vistazo rápido a la habitación. Es grande, con dos ventanales que le proporcionan mucha luz. Unas estanterías blancas repletas de libros, un diván color crema y una silla de director, en la que el reputado psiquiatra me espera sentado escribiendo algo en un cuaderno de hojas amarillas que sostiene sobre sus rodillas.
—Pase y siéntese —me pide, poniéndose de pie. Me acerco a él y me detengo de repente al ver su rostro. Intento ocultar la mueca que, de modo inconsciente, ha aparecido en mis labios.
Es tremendamente atractivo. Rondará los cuarenta y cinco años, pelo castaño claro, una leve barba de dos días y los ojos turquesa. Me recibe mostrándome su perfecta y blanca dentadura, y al darme la mano siento una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Con un gesto me invita a tumbarme en el diván, yo prefiero sentarme.
—Buenas tardes, señora McCain —me saluda, apoyando el tobillo sobre la rodilla contraria, mostrando unos calcetines de rayas de colores que me gustan. Me relajo—. ¿Cuál es su nombre?
—Olivia.
—Muy bien, Olivia. —Muestra una irresistible sonrisa—. Yo soy Nicholas. Si te parece bien, vamos 
a tutearnos.
—De acuerdo —digo, cruzando las piernas.
—Cuéntame por qué estás aquí.
¡Uff!, si piensa pasarse la hora mirándome de esa forma, va a ser muy complicado que yo pueda relatarle nada.

Ben

Ben

Aparezco en pantalla entrando en el edificio vestida con unos vaqueros ajustados, unos stilettos y una camiseta blanca bajo un blazer azul marino. Desde el minuto uno, llama mi atención Ben que está sentado en el sofá de recepción con un iPad entre las manos y, aunque solo conozco su nick —Silent Spy—, me muero por preguntarle si es cierto eso que se rumoreaba de que había sido capaz de hackear los ordenadores del Pentágono.

Soy la última en llegar. Una chica joven, algo hiperactiva por cómo se mueve de un lado a otro del recibidor, nos saluda con entusiasmo y acompaña a otra habitación más pequeña mientras la gente va entrando al salón de actos. Para que pasemos el tiempo y sea más dulce la espera, nos han dejado un «catering» increíble del que el chico del canal de cocina está dando buena cuenta.
Ben se acerca a mí con un par de cafés en la mano. Me ofrece uno y se presenta.
—¿Qué tal? —rompe el hielo, ofreciéndome el vaso. Me gusta el aire de naturalidad de su tono—. Soy Ben.
—Yo soy… —No me deja terminar la frase.
—Olivia McCain. Te sigo, veo todos tus vídeos —reconoce antes de darle un sorbo a su bebida.
—Vaya… Disculpa, ahora me siento fatal. En realidad, no soy mucho de videojuegos. —Sonrío, siendo consciente de que estoy coqueteando con él con cada uno de mis movimientos.
—A mí tampoco me gusta la moda, pero lo hago porque creo que tienes una sonrisa preciosa. —Y ella, vanidosa, al oír que Ben la reclama, se deja ver en mi rostro de nuevo. Mucho más amplia y segura.
No sé qué decir. Me ha dejado sin palabras, así que me llevo el vaso a los labios para beber algo, pero antes de hacerlo le susurro «gracias».
Desde que lo vi me pareció súper atractivo. Tenía ese toque despreocupado tan opuesto a mí y que tanto me llama la atención.
¿Qué os parecen? ¿Alguno despierta vuestra curiosidad?
Si es así, esta historia ya está disponible en preventa en Amazon por 0,99€. Aprovechad porque a partir del 11 de enero (fecha de la publicación) su precio será de 2,99€.
Feliz día!
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