Nada. No habría pasado nada

Vivimos a contrarreloj, con el tiempo casi cronometrado para cada una de las cosas que hacemos en el día.

Nunca me había parado a pensar qué pasaría si, por una vez, rompiese esa rutina de horarios establecida.

Ayer ayudaba a mi hija a vestirse para el colegio. Le puse los leotardos y, aún con cara de sueño, se tumbó, se tapó con el nórdico y me dijo: ahora, otra vez a dormir.

Me dio una pena inmensa no poder dejarla y me tumbé junto a ella en la cama. Pegó su espalda a mi pecho y rodeé su cintura con mi brazo para llegar a su mano y acariciarle los nudillos con mi pulgar, como a ella le gusta.

Le dije que me encantaría meterme con ella bajo el edredón y quedarme un ratito más, pero teníamos que levantarnos.

Estuvimos así pocos minutos, pero fueron suficientes para plantearme qué habría pasado si nos hubiésemos quedado allí. Todo se habría retrasado. Habríamos llegado tarde al cole y yo al trabajo. ¿Y qué? ¿Se habría parado el mundo? No. Nada. No habría pasado nada.

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